sábado, abril 23, 2005

Confesiones de un posmoderno

Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente que ha perdido el bien de la inteligencia.
Dante Alighieri, La Divina Comedia, Canto Tercero.

Tembleques engreídos, necesitamos de filosofías que cada día nos recuerden nuestra irrepetible unicidad, pero que no hacen más que disimular la terrible verdad de que no somos otra cosa que humanos simplones fabricados en serie. Todos iguales, como salidos de la misma máquina de hacer chorizos. Pero si alguien nos lo recuerda, nuestra vanidad, idéntica a millones de otras vanidades, estalla furiosa en pequeños y miserables orgullos. Las diferencias que declaramos profundas no son más que insustanciales variaciones de pensamientos revueltos con la misma cuchara.

Nos creemos agudos al criticar defectos del otro, pero lo hacemos porque está de moda y porque la corriente piensa así. Nos vanagloriamos por nadar unos instantes contra corriente, pero somos incapaces de diseñar un río nuevo. Pensamos exactamente igual que quien asentó el dogma y no tenemos facultades para modificarlo; y aunque nuestras herramientas escuálidas resultan inútiles, nuestras lenguas son afiladas. Defendemos banderas en vez de crearlas. Nuestra bitácora es rejunte acrítico de opiniones de la autoridad, y nuestra opinión, en el mejor de los casos, una síntesis. Nos creemos originales, pero no somos más que inventores de agua tibia.

No hay espontaneidad, el pensamiento original no existe, el dogmatismo abunda. ¿Y qué tal si lo que nos vienen machacando desde hace años es falso o irrelevante? No, no puede serlo, gritamos. Porque fábrica de mediocres, nuestra filosofía nos calma diciendo que todo es según el cristal con que se lo mire. Y nos adherimos al eslogan con fuerza, no porque lo hayamos descubierto justo sino porque nos evita el trabajo de pensar.

Como la senda de adecuar nuestras ideas a la realidad es ardua, nos inventamos una realidad a nuestro enano alcance y la llamamos colectivo. Y lo importante no es ya la verdad sino que el otro crea nuestras fantasías. No nos interesa la verdad y en éxtasis delirantes afirmamos que no existe. Y como la mentira es la anti-verdad deliberada, los mentirosos cuentan con nuestra obsecuencia. Además de mediocres y haraganes, también somos inmorales pragmáticos y lo mismo que un día fue verdad porque resultaba útil a nuestros fines, al otro resulta falso si nos entorpece el camino.

Como somos limitados, parcelarios, localizados y provincianos negamos la universalidad, no porque lo hayamos demostrado (no podríamos hacerlo), sino porque las autoridades intelectuales que gobiernan nuestras opiniones lo dijeron antes y nosotros somos fieles y obedientes. En realidad no podemos hacer otra cosa que estar a favor o en contra. Nuestra filosofía no nos da la libertad de elegir.

2 comentarios:

Carlos P dijo...

Es curioso, cualquier postura vale, menos la que dice que no todo da igual. ¿Por qué esa no vale? Porque compromete la coartada intelectual del conformismo y el seguidismo.

¿Después de la Postmodernidad qué? Preguntaban en un libro de filosofía colectivo... Uno de los artículos respondía: después de la postmodernidad, otra vez la modernidad.

En cierto sentido hay una razón en todo esto: ¿cómo abandonar la idea de que hay derechos cuya universalidad necesitamos defender? (incluso aunque contradigan posturas particulares).

La ética es el desafío que el postmodernismo no puede superar con facilidad (y el postmodernismo un síntoma de la dificultad de hallar una fundación de la ética que no la prive de sentido y carácter autónomo).

No todo da igual. Esa es la base de todo pensamiento capaz de incitar a la rebelión, a la crítica, a la revolución, o simplemente a la acción.

Gerardo dijo...

Faltaba alguna página que tratase el posmodernismo, relativismo y otras faltas de higiene en el razonar. Una gran incorporación la tuya. Te enlazo rápidamente.

Saludos